Confieso que mis botas de senderismo y yo tenemos una relación de amor-odio. Amor, por cada amanecer en la sierra, cada cumbre conquistada y cada bocadillo que sabe a gloria bendita. Odio, por esas ampollas traicioneras, los kilómetros extra "por un atajo" y, seamos sinceros, por el momento de quitarme los calcetines. Pero hoy no vengo a hablar de lo bonito, ni de lo duro. Vengo a contaros esas pequeñas catástrofes y triunfos absurdos que solo te regala el senderismo por Madrid y sus alrededores. Prepara el té, porque la aventura está servida (y no, no es el plato principal del picnic).
La cumbre del "Casi-desmayo" en La Pedriza
Recuerdo una ruta por La Pedriza, con ese paisaje lunar que te hace sentir en otro planeta. Íbamos en un grupo animado, charlando y riendo, cuando a lo lejos vi un pico que parecía decirme: "Ven aquí, valiente, que te estoy esperando". Mi espíritu aventurero se encendió, y a pesar de la advertencia de mi amiga ("¿Estás segura? Eso no es parte de la ruta, es una mole de granito para cabras montesas... y escaladores."), yo me lancé.
El ascenso fue, digamos, "desafiante". A mitad de camino, sentía que mis pulmones habían decidido declararse en huelga, y mis piernas me pedían un taxi... ¡en plena montaña! Cuando por fin llegué a la cima, exhausta pero eufórica, miré el espectacular paisaje y... ¡Oh, sorpresa! Resulta que ya habíamos estado en esa misma cumbre hace dos años. La euforia se convirtió en un ataque de risa histérico mezclado con el cansancio. Había escalado con la determinación de una exploradora por descubrir un nuevo mundo, solo para encontrarme con el mismo mundo de siempre, y mis propias risas resonando en el eco me hicieron sentir la persona más despistada de la Sierra. Mis amigos, desde abajo, solo vieron a una loca en la cima riéndose sola. Desde entonces, a ese pico lo llamo la cumbre del "Casi-desmayo y la Poca Memoria".
El "atajo" del arroyo traicionero en Siete Picos
Uno de mis mayores vicios en las rutas es el "atajo". Esa pequeña senda que parece más corta, más bonita, o simplemente "distinta". Y claro, siempre me meto.
La historia del arroyo traicionero ocurrió en una ruta hacia Siete Picos. El día era perfecto, el cielo azul, y la temperatura ideal. Vimos una pequeña desviación en el sendero principal, un caminito estrecho que serpenteaba hacia un arroyo. "¡Mirad qué bonito! Seguro que es un atajo precioso", dije yo, con mi habitual optimismo ciego. Mis compañeros, ya acostumbrados a mis "atajos", me siguieron con una mezcla de curiosidad y resignación.
El arajo era precioso, sí. Durante unos cinco minutos. Luego, el sendero se volvió un barranco, el arroyo creció hasta convertirse en un pequeño río, y lo que parecía un charco inofensivo resultó ser un pozo con barro hasta la rodilla. Mis botas, recién impermeabilizadas, sucumbieron con un chapoteo dramático. Un pie, luego el otro, y cuando quise darme cuenta, estaba hasta el tobillo en una mezcla pegajosa de barro y agua helada.
Cuando por fin logramos salir de aquel "atajo del infierno" (con mis botas chorreando y el buen humor de mis amigos en un fino hilo), volvimos al sendero principal, que por supuesto, estaba a solo diez metros de donde nos habíamos desviado. Mis amigos se reían, yo me reía, y mis calcetines... bueno, mis calcetines lloraban. Desde entonces, prometí solemnemente: "Nunca más un atajo". Promesa que, por supuesto, he roto en múltiples ocasiones. La foto de mis botas en ese momento es una obra de arte del desastre.
El "bocado del caminante" y el misterio del bocadillo desaparecido en el Hayedo de Montejo
Hacer una ruta en el Hayedo de Montejo es como entrar en un cuento de hadas, especialmente en otoño. Los colores, el silencio, la magia... Pero incluso en los cuentos de hadas hay dramas. Y mi drama se llamó "el bocadillo desaparecido".Era la hora del picnic, ese momento sagrado donde cada senderista saca su tesoro envuelto en papel de aluminio. Yo había preparado mi bocadillo estrella: tortilla de patatas con pimiento. Un manjar digno de los dioses, o al menos, de una montañera hambrienta. Lo dejé con cuidado en mi mochila, junto a la botella de agua y una manzana.
Nos sentamos en un claro, y uno a uno, todos sacaron sus viandas. Cuando llegó mi turno, abrí la mochila con la expectación de un niño en Reyes. Metí la mano... y solo encontré la manzana y la botella. Del bocadillo de tortilla... ni rastro. Pánico. ¿Se habría caído? ¿Lo habría dejado en el coche? Revisé la mochila de arriba abajo, vacié todo el contenido, incluso sacudí el chubasquero. Nada.
Mis amigos, al principio preocupados, no tardaron en soltar la carcajada. "¡Te lo has comido subiendo!", "¡Un duende del bosque te lo ha robado!", "¡Seguro que es tu subconsciente intentando que comas más sano!". La verdad es que nunca lo encontré. Tuve que conformarme con compartir las sobras ajenas y la humillación de haber perdido mi obra maestra culinaria. Hasta el día de hoy, sigo pensando en ese bocadillo. ¿Estará algún animalillo del Hayedo dándose un festín? ¿O fue la magia del bosque que decidió que un picnic más ligero era mejor para mi alma? Lo que sí sé es que, desde entonces, mi mochila tiene una sección exclusiva y blindada para el "bocado del caminante".
Y así es como el senderismo por Madrid me regala no solo paisajes inolvidables, sino también un repertorio de historias dignas de una comedia. Porque al final, no se trata solo de cuántos kilómetros haces o qué cima coronas, sino de las risas, los pequeños tropiezos y las anécdotas que coleccionas por el camino.

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